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    Cristina Kirchner y Mauricio Macri juegan fuerte y la crisis avanza entre internas y miserias

    La vicepresidenta tiene un tema que la obsesiona y Alberto cede. Por qué reapareció el ex presidente y generó ruidos en Juntos por el Cambio.

    -Cuidado -le dijo Eduardo Duhalde a Alberto Fernández-. En el 2002 yo salí un día a dar una vuelta por los jardines de Olivos y veía el río.

    El río, por supuesto, no existía. “Estaba muy agotado”, recordó Duhalde, como una advertencia sobre los delicados equilibrios que hay que hacer en la cima del poder para no entrar en una crisis personal. “Yo en aquel momento me hice traer unos equipos de una clínica adventista que me hacían masajes”, le contó.

    -Tranquilo, mire que yo me estoy cuidando. Salgo a caminar y estoy a dieta. Estoy bien- le contestó Alberto, que por alguna razón no se permite tutearlo.

    -Sí, pero ojo que esto es largo, eh- insistió Duhalde.

    Solo siete meses se acaban de cumplir de la asunción de Fernández. Más de la mitad del período fue consumido por los vaivenes de la pandemia. Es difícil hallar alguna marca de su administración por afuera del manejo de la cuarentena. La crisis económica y social que enfrenta su Gobierno es descomunal. El primer mandatario, más allá de lo que puedan transmitir sus adláteres, tomó nota del banderazo del 9 de Julio. Las imágenes y los testimonios fueron elocuentes. El perfume opositor de la movilización no debería engañar a la Casa Rosada. El descontento general es por el encierro, pero no se acaba en él.

    En los últimos días Fernández pareció apurar el plan para la etapa que viene. Le dio instrucciones a su ministro de Economía, Martín Guzmán, para que busque nuevos acercamientos con los tenedores de bonos más rebeldes. Un acuerdo por la deuda sería el punto de partida. El Presidente aspira a dinamizar la gestión con anuncios de obra pública -que con suerte se pondrán en marcha recién el año próximo- y con una serie de proyectos que ya tiene listos para enviar al Congreso, que van desde el blanqueo de capitales hasta una nueva fórmula para la movilidad jubilatoria. Pero esos textos tienen con frecuencia alguna objeción de Cristina. La vicepresidenta supervisa los temas más calientes. Sobre todo uno.

    En los últimos días ha vuelto a presionar fuerte por la reforma de la Corte Suprema. En su lista de preferencias, la reforma judicial, que también la inquieta, viene después. La diferencia sustancial es que en este segundo proyecto se habría puesto de acuerdo con Alberto en los ejes centrales, aunque les queda alguna charla pendiente para ajustar detalles. El borrador está listo y podría enviarse al Parlamento a fines de esta semana o la otra. Ingresará por el Senado, donde el oficialismo cuenta con mayoría.

    La iniciativa no es la original, que comandaba Gustavo Béliz, y que planteaba, entre otros puntos, acoplar los 12 tribunales federales actuales a los del fuero penal económico y a los juzgados nacionales porteños. La injerencia de Béliz, como en tiempos lejanos, de tanto en tanto se ve acotada. Cambios en el funcionamiento de Comodoro Py habrá seguro, porque el objetivo sigue siendo reducir su poder de fuego, pero será una reforma con gusto a poco para quienes hablaban de una batalla épica.

    La cuestión de la Corte es más sensible y está dominada por las discrepancias. El primer mandatario nunca quiso ni tuvo en su cabeza ampliar el número de miembros. Aun hoy se resiste y le ha dado argumentos, sin éxito, a su socia. Para Cristina es una obsesión. Ella la impulsa.

    Alberto cedería en el corto plazo frente a ese reclamo. Con algo de maquillaje para amortiguar las pretensiones, siempre extremas, de la ex presidenta. Está en marcha la creación de una comisión de expertos -que tendrá algún nombre pomposo-, que se convocará por decreto. Sería el atajo presidencial para ganar tiempo en un tema que traerá controversia con la oposición. El kirchnerismo duro acelera. Quiere cambiarle el perfil al máximo Tribunal, que hoy tiene cinco jueces. Y, como todo lo que quiere, lo quiere ya.

    En un principio había pensado que la futura Corte tendría que tener nueve jueces. Hoy ese número queda viejo. Pretende llevarlo a 12 y que solo tres de esos magistrados puedan ocuparse de los temas penales, que son los que complican al cristinismo. O sea: no todos sus componentes podrían intervenir en los fallos -como sucede en la actualidad-, ya que cada grupo pasaría a tener una especialidad dentro de las diferentes ramas del derecho.

    La pelea hoy es por ver quién ingresa a esa comisión de especialistas, que tendría no menos de 50 representantes. “Ponen y bajan nombres como si fuera un equipo de fútbol”, describió un funcionario de la primera línea del Gabinete. En el entorno de Cristina cuentan con varios candidatos. Entre ellos, Eugenio Zaffaroni

    Así como el oficialismo tiene en Cristina a su sombra, lo mismo ocurre en la oposición con Mauricio Macri. El ingeniero puso fin a su silencio en una entrevista con Alvaro Vargas Llosa y, dos días más tarde, reaccionó con cierta euforia, inhabitual en él, frente a la masiva protesta contra el Gobierno. “Necesitaba un descargo después de varias semanas de tensión con las acusaciones de espionaje”, admiten sus colaboradores.

    Aquellos movimientos mediáticos del ex presidente desnudaron ruidos y contradicciones en la interna de Juntos por el Cambio, algo que ya había asomado ante el brutal asesinato de Fabián Gutiérrez, cuando los tres partidos que conforman el espacio firmaron un mismo comunicado. “Un crimen de extrema gravedad institucional”, se tituló. Algunos dirigentes, con el correr de las horas, parecieron arrepentirse y deslizaron que se dejaron llevar por la vehemencia del dúo Macri-Patricia Bullrich, al que en este punto tambien se sumó el radical Alfredo Cornejo. Un alto ex funcionario macrista, enterado del zigzagueos de ciertos aliados, pronunció en voz alta: “¿Para qué firmaron entonces? Esto no es para cagones”.

    La disputa de fondo siempre es la misma. ¿Hacia dónde debe ir Juntos por el Cambio? Horacio Rodríguez Larreta cree que hacia la moderación. Fue el primer dirigente opositor de peso en cuestionar los hechos de violencia contra los periodistas de C5N en el Obelisco. En ese camino de pararse en el centro del arco ideológico que pretende encarar rumbo a 2023 lo acompañan María Eugenia Vidal, varios radicales como el gobernador jujeño Gerardo Morales y Elisa Carrió. Tarea no apta para ansiosos. “El Gobierno nos dice: ‘Vení, acercate, queremos amor’, y al otro día te sale pegando con todo”, plantea Bullrich.

    El ex primer mandatario cuestionó el modelo de aislamiento social y obligatorio que implementó Fernández. Pidió un equilibrio “entre la prevención sanitaria y la salud mental y laboral de la gente” y “no dejarse llevar por el miedo”. Vidal, no se sabe si consciente o no de que lo contradecía, dijo a las 24 horas que ella era “pro cuarentena”. Se habla a menudo de cortocircuitos en Juntos por el Cambio. Esos cortocircuitos existen, pero se hacen más intensos y evidentes en el PRO. Alberto aprovecha. Esta semana llamó “amigo” a Rodríguez Larreta. Ese juego de seducción existe. Hasta hace pocos meses no se habían visto nunca las caras.

    Macri sigue siendo, pese a la resistencia de un sector que lo prefiere lejos de los los micrófonos y acaso de la escena pública, el actor más determinante en la coalición anti-K. Como lo era Cristina en la oposición cuando gobernaba Cambiemos. Con Macri es difícil, sin Macri es imposible. Esa ambivalencia llegó para quedarse.

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